Una versión previa (y muy parecida) se publicó en Portada, vol. 30, no. 56 (diciembre de 1999), páginas 28-32.
John Cobin,
Ph.D, Gorge Mason University.
Una encuesta Liberty [publicación
de los "liberales clásicos" norteamericana] en febrero de 1998 encontró
que el 43% de quienes la respondieron estuvieron de acuerdo con la proposición
de que "el aborto es mal." Así, podríamos concluir que el
movimiento en pro de la vida goza de apoyo en una minoría sustancial
de liberales clásicos. Siendo un académico que me cuento
en esa minoría, quisiera ofrecer una explicación para esta
aparentemente anómala tendencia, demostrando por qué ella
es coherente con los principios clásicamente liberales. Luego me
propongo complementar la noción con un análisis económico
que bien podría ser aceptable para personas de ambos bandos del
tema del aborto. En efecto, yo argumento que el grueso de los abortos son
el resultado de distorsiones causadas por fallas del gobierno, intervenciones
miopes y políticas que facilitan "búsquedas de rentas" dañinas.
I. Liberalismo Clásico vs. Políticas Públicas Proactivas
El liberalismo clásico exalta
los derechos humanos individuales. La idea abrazada por quienes favorecen
la posibilidad de instar por el aborto (al menos la mayoría de los
académicos que yo conozco) es de que los seres humanos deben primero
ser atribuidos con el sagrado grial de la "personalidad" o "calidad de
personas" antes de ganar la plena protección de la ley. Este status
es concedido una vez que se ha conseguido pasar una inspección favorable
y la aprobación por vía de algún consenso social o
alguna política pública. Sólo después de recibir
esa bendición el ser humano se convertiría en un individuo
"titular de derechos".
Sin embargo, desde la perspectiva
en pro de la vida, esta idea de tener dos clases de seres humanos va en
contra de un sostenido pensamiento clásicamente liberal, dentro
del cual la presunción de que los seres humanos vivos son todos
personas y de esa manera son titulares de derechos en razón de su
pertenencia a la especie. Como Peter Kreeft ha demostrado agudamente, los
seres humanos son una sub-clase de personas, no a la inversa. Siguiendo
el precedente histórico, siempre hemos incluido a otras entidades
vivientes distintas de los humanos entre las personas, p. ej., Dios, los
extraterrestres, los ángeles, etc.
Más aún, nuestros
derechos no son confirmados por las políticas pública; ellos
son el antecedente de las mismas. Esta perspectiva es la única que
puede llamarse clásicamente liberal. (No sorpresivamente, el 89%
de quienes la respondieron la encuesta Liberty estuvieron de acuerdo
con la proposición de que "Todos los hombres por su naturaleza tienen
un derecho de vida" y de "libertad" y el 83% estuvieron de acuerdo con
la proposición "Todos los hombres por su naturaleza tienen un derecho
de su propiedad"). Si cualquier política pública es legítima,
ella debe ser reactiva antes que proactiva, y ciertamente no dar lugar
a que el Estado o algún pacto comunitario coercitivo (o de alguna
manera autoritario) pueda decidir cuál de nuestras especies tiene
derechos y cuándo. Alternativamente, denegar derechos a cierta clase
de seres humanos por razones filosóficas ha sido el emblema de izquierdistas
y criminales (si hay una diferencia entre ambos) durante siglos. La idea
de ellos es simple: unos pocos de nosotros razonamos y decidimos que cierta
clase de seres humanos debiera ser excluida del grupo de los titulares
de derechos y nuestra tesis debiera ser impuesta a través de políticas
proactivas. El criterio utilizado por podría ser genético,
étnico, superficial (p. ej., el color de la piel) o cualquier otro
aspecto arbitrariamente desarrollado.
Coherente con el marco de trabajo
liberal clásico, comienzo con la simple aseveración de que
(1) todo ser humano viviente tiene derechos, (2) que esos derechos son
anteriores al Estado o "naturales", y que (3) ellos son compartidos en
igualdad de condiciones por todos los seres humanos vivientes e inocentes
-- sin ninguna discriminación que favorezca a unos por sobre los
otros por ninguna razón. Para mí, ésta es la más
pura visión clásicamente liberal. Alternativamente, la visión
predominante entre los académicos "Libertarios" sugiere que el Estado
o alguna estructura social debe primero decidir qué seres humanos
son "personas" calificadas y entonces brindarles a ellos derechos. Por
tanto, los derechos no son naturales sino derivados de la comunidad o del
proceso político. Después de que el artificio político
y legal divide artificialmente a la humanidad, entonces se obtiene la calidad
de persona, los pasos 1, 2 y 3 supra pueden ser repetidos reemplazando
en ellos el término "seres humanos" con la palabra "personas" y
tenemos una teoría de los derechos relevante para los efectos de
aplicar políticas. También desembocamos en una racionalidad
para poder matar. En efecto, podemos quitar la vida a las no - personas
y demandar protección para el resto, los que han calificado como
personas. Para muchos, éste es un medio de tener la torta y al mismo
tiempo comérsela. Sin embargo, me gustaría poner énfasis
en que no es una ofensa menor para el liberalismo clásico el que
las políticas públicas o alguna estructura social dotada
de autoridad haya sido incorporada dentro del proceso de otorgamiento de
derechos (a lo mejor inintencionadamente) como el supremo dispensador de
derechos. Pero tal intervención es sólo el comienzo de los
problemas.
II. Análisis de la Teoría de la Falla del Mercado
Embarazos no deseados en el sentido
económico, envuelven ya sea crímenes o externalidades negativas.
Esto es, ellos resultan de la violación, por una parte o, por otra,
son la "mala" consecuencia no buscada de interacciones mutuamente beneficiosas.
(Nótese que los embarazos deseados bien podrían considerarse
una externalidad positiva, dependiendo de las preferencias y las circunstancia.)
Desde que alrededor del 99,9% de todos los embarazos no deseados caen dentro
de la categoría de externalidades negativas, es de la mayor utilidad
concentrar en ellos la discusión acerca de las políticas.
Como con todas las externalidades
negativas, hay tres (o más) partes involucradas: dos personas que
interactúan y obtienen ganancias beneficiosas del intercambio, y
otra persona que incurre en costos en razón de la producción
colateral generada por los hechos de los otros -- pero ésta no recibe
ninguno de los beneficios de la transacción que hacen ellos. Cuando
los derechos de propiedad están claramente definidos, las partes
que interactúan deben compensar a aquellos que resultarían
dañados por su producción y que no son partes en la transacción.
Las partes que interactúan frecuentemente adquieren un seguro que
compense cualesquiera daños no previstos. Así, de un modo
u otro, los costos sociales son internalizados. Sin embargo, cuando los
derechos de propiedad no están bien definidos (i. e., cuando no
tiene costo contaminar o dañar a terceras partes (no intencionalmente),
estos costos sociales no serán internalizados y el o los terceros
sufrirán una pérdida. Tal escenario es mirado como "una falla
del mercado" en la literatura económica existente. Hay un par de
manera de manejar o "resolver" los fracasos del mercado.
Hay un par de maneras de lidiar
con las fallas de mercado o "resolverlas". La manera ha sido descrita por
Coase y otros. Cuando los costos de transacción son muy bajos (i.
e., menores que los costos de litigar) , y se puede negociar sin costos,
las terceras partes afectadas llegarán a un acuerdo con quienes
producen el daño, sin ninguna intervención gubernamental,
es decir, recibirán alguna compensación. Sin embargo, cuando
los costos de transacción son altos, el argumento de Coase implica
que las políticas hechas por el gobierno o por los tribunales pueden
estar en condiciones de aliviar el problema mejor de lo que lo puede hacer
el mercado. En suma, las políticas públicas proactivas están
pensadas para ser capaces de mejorar lo que el mercado produce o para aliviar
las fallas del mercado.
El aborto implica una falla del
mercado. El tercero afectado es el hijo nonato. Los costos de transacción
son muy altos de negociar para él porque no es capaz de hablar ni
menos de escribir o negociar en manera alguna. Con todo, este hecho no
necesariamente le da atribuciones a las políticas públicas
para proveer mejores resultados que la negociación Coaseana. El
nonato es un menor y, por consiguiente, tal como un menor de cinco años
que es dañado por el hollín de una fábrica, alguien
más de la especie humana puede respaldarlo como su tutor o guardian.
Además, está bien establecido en la ley que este benefactor
no necesita ser alguno de sus parientes naturales. En efecto, el liberalismo
clásico no tendría tropiezos en la idea de que alguien interviniera
a favor de un niño para salvarlo o protegerlo. Logísticamente,
la tutoría podría ser puramente contractual, en la cual se
subastaría al mejor postor el flujo de utilidades derivadas de tener
un hijo. De modo que, entonces, los costos de transacción se trasladan
al guardián o tutor que se convierte en el apoyo del ser nonato,
y sus costos de transacción de negociar un arreglo o acuerdo son
mucho más bajos de lo que lo serían los del nonato. Este
resultado no es sorprendente. Los mercados automáticamente tienden
hacia tales soluciones minimizadoras de costos.
Así, hay pocas razones para
dudar de que algún acuerdo se alcanzaría en el mercado para
lidiar con los embarazos no deseados sin recurrir a las políticas
públicas -- especialmente dada la evidencia de que hay una extensa
red de personas que dedican su tiempo a ayudar a los que están por
nacer y la presente alta demanda por los servicios conducentes a la adopción.
Los servicios para obtener la adopción compiten con los servicios
para provocar abortos. Ambos son dos diferentes soluciones para la "falla
del mercado". Los mercados del aborto son en gran medida artificiales e
ineficientes, para no mencionar su vileza moral. De otro lado, hay muchas
soluciones Coaseanas susceptibles de ser halladas vía la adopción
a través del mercado. Conforme con eso, tanto la teoría de
la elección pública de las escuelas de Virginia como de Chicago
sugerirían que cualquier intervención que excluyera las soluciones
Coaseanas tendería a hacer peor la situación del aborto,
en términos de eficiencia social.
Por un lado, los mercados nunca
resolverán a la perfección el problema del embarazo no deseado,
pero, a lo largo del tiempo, ellos tenderían a proveer la más
eficiente y efectiva asignación de los recursos productivos y a
crear instituciones e incentivos que mejor maximizaran esas metas y de
ese modo minimizaran los abortos. En el mercado, en último término,
el número de abortos en la sociedad dependerá de las presiones
sociales y de las preferencias individuales. Por tanto, ausentes la manipulación
de la información y el estímulo a las soluciones abortivas
por parte del gobierno, parecería razonable concluir que las preferencias
no favorecerían tan fuertemente el aborto. Esto tiene algún
sentido, dado que, en el presente, el costo para la madre en términos
de ser responsable por sus acciones procreadoras es más bajo de
lo que sería de otra manera, desde que hay una "salida" para ella
socialmente aceptable. En pocas palabras, las políticas proactivas
han reducido artificialmente sus costos.
De otro lado, la intervención
del gobierno para enmendar la supuesta falla del mercado tiende a exacerbar
el problema de los embarazos no deseados. Tal política proactiva
sólo tiende a beneficiar a los "buscadores de rentas", esto es,
a quienes se benefician creando una escasez artificial. En el caso del
aborto, la escasez artificial es creada por los servicios abortivos, aprovechamiento
de los tejidos fetales, etc. Con seguridad, como en el caso de los airbags
obligatorios o los detectores de humo, siempre habrá una demanda
por productos del aborto, pero las regulaciones y la legislación
favorables al aborto modifica las instituciones y los incentivos "catalácticos"
[palabra de Mises para significar "socialmente adecuados"]. Estos cambios
permiten a los grupos de intereses particulares capitalizar nuevas oportunidades
canalizando más fondos dudosamente dirigidos hacia su facción.
En pocas palabras, la gente demandará muchos más servicios
de aborción de lo que lo harían normalmente en el mercado,
debido a las políticas diseñadas para reparar el fracaso
del mercado. Más todavía, también las instituciones
fundadas en el mercado van a experimentar detrimento. Por ejemplo, la adopción
es una solución basada en el mercado para el problema de la externalidad
negativa. No es de extrañarse que los gobiernos, que tienden a proteger
a los "buscadores de rentas", hagan lo posible por obstaculizar la citada
institución. También les hacen difícil a las guaguas
tener un precio positivo en el mercado, lo cual lleva a otras distorsiones.
Como resultado, las políticas
abortivas redundan en ineficiencia social y juegos de suma negativa. El
aborto, el homocidio de seres humanos inocentes, no es minimizado. En el
hecho, es maximizado/optimizado y los "buscadores de rentas" se benefician
con él. La sociedad pierde porque (1) hay reducción de mentes
humanas disponibles, (2) el traslado de trabajo de actividades productivas
hacia la búsqueda de rentas y la actividad destructora de vidas
humanas, (3) los precios monopólicos que los consumidores encaran
vía restricciones en cierta producción relacionada con la
industria del aborto o con la "compra" de niños vía adopción,
(4) la desviación de recursos escasos de sus usos productivos normales
a la promoción o prevención del aborto; del mismo modo como
se destina dinero a impedir el robo es una "pérdida" o desembolso
no productivo, el costo de impedir el homicidio de seres humanos inocentes
es una actividad costosa que canaliza recursos de la actividad productiva,
y (5) los costos de "papeleo" que se generan en la medida en que muchos
"buscadores de rentas" emplean recursos para obtener o retener un mismo
botín, que sólo uno de ellos puede ganar. Los hacedores de
políticas nunca tuvieron la oportunidad de alcanzar sus metas de
beneficio público, en todo caso, aun si ellos hubieran estado inspirados
en el interés público, debido al "problema del conocimiento"
que encaran (según Mises o Hayek). Ellos no tienen la posibilidad
de reunir suficiente conocimiento social como para mejorar el mercado o
corregir su "falla".
El mercado efectivamente falló
(al menos en términos de producir cero embarazos no deseados). Eso
es malo o menos bueno que el paraíso. Sin embargo, las políticas
públicas crean un fracaso del gobierno, que termina siendo peor.
Estamos intercambiando el purgatorio por el infierno. Más aún,
el juego de la búsqueda de rentas empeora a medida que empresarios
regresivos ("buscadores de rentas") comienzan de un modo alerta a encontrar
nichos de arbitraje, como el de criar y recolectar tejidos fetales. Esto
una vez más cambia las instituciones y los incentivos y exacerba
el problema de la externalidad negativa. Aun si el número de abortos
no continúa subiendo perpetuamente, se generará un equilibrio
de mercado distorsionado que tenderá a hacer que el número
de abortos y embarazos no deseados se mantenga en una nueva y artificialmente
alta tasa. En razón de los esquemas institucionales y de la facilidad
para consumar un aborto, las madres tendrán menos incentivos para
evitar los embarazos no deseados. Entonces, en la medida en que se desarrollen
también instituciones para beneficiar a la madre pecuniariamente,
p. ej., ella podría recibir un pago por vender miembros de su criatura
nonata, el aborto pasaría a ser más permanente y atractivo,
y tendería a ocurrir en las etapas avanzadas de la gestación.
Resultado final: muchos políticos están contentos, los "buscadores
de rentas" están contentos, algunos filósofos morales y las
feministas están orgullosos; pero la mayoría de los individuos
en la sociedad sufren como consecuencia de este artificialmente extendido
mercado.
III. Calculando el Costo Social
Los que más sufren son, por
supuesto, los 40 millones o más niños no nacidos que han
sido sólo en los Estados Unidos y los siguientes millones que serán
muertos en los años que siguen. La sociedad pierde esas mentes y
las ideas que ellas podrían genera, como también los recursos
que son desviados para proceder a esas muertes, etc. Pero los asesinados
pierden la oportunidad de vivir y disfrutar de la vida a que tiene derecho
todo ser viviente. Además, ellos deben soportar el dolor de ser
quemados hasta morir por una solución salina o ser, cortados en
pedazos por filudos instrumentos, y difícilmente resultarían
consolados por el hecho de que sus restos vayan a beneficiar a la ciencia
médica o a los "buscadores de rentas".
En pocas palabras, el análisis
económico sugiere que las políticas abortivas no van en pro
del interés público -- y ninguna política pública
que no vaya en pro del interés público puede justificarse.
Ya de antemano sabíamos eso a partir de la sola tesis de Julian
Simon, según la cual la existencia de más cerebros trae algunos
costos de corto plazo pero mucho mayores ganancias de largo plazo. La mente
es el recurso máximo y la única cosa que es verdaderamente
escasa en términos absolutos. De este modo, el aborto afecta adversamente
a la sociedad tanto reduciendo el número de cerebros disponibles
como exacerbando las externalidades negativas. Por consiguiente, concluyo
que el aborto no va en el interés público por ambas razones
y, en consecuencia, favorecerlo no puede constituir una política
pública beneficiosa. Las políticas abortivas conducen a juegos
de suma negativa que, como otras formas de asesinato o robo, sólo
benefician a unos a expensas de otros.
En conclusión, la política
de abortos es un mal tanto moral como teórico. También ella
emana de una filosofía de los derechos que es antagónica
a los principios liberales clásicos. Con todo, imagino que muchos
de mis adversarios de la izquierda dura o los libertarios de inclinación
izquierdista rechazarán en general mi postura en pro de la vida.
Pero confío en que ellos al menos van a estar de acuerdo conmigo
en que la intervención estatal en apoyo o promoción de artificialmente
altas tasas de aborto es simplemente muy perjudicial.
IV. Referencias
Cobin, John M. (1999a), A
Primer on Modern Themes in Free Market Economics and Policy, Parkland,
Florida: Universal Publishers. Edición castellana bajo el título
de Ensayos Sobre Temas Modernos de la Economía de Mercado,
ediciones Universidad Finis Terrae, Santiago, 1999.
Cobin, John M. (1999b), Pro-Life
Policy: A Perspective for Liberty and Human Rights, Trumann, Arkansas;
Gemini Books.
Hayek, Friedrich A. von (1945),
"The Use of Knowledge in Society",
American Economic Review, vol.
35, no. 4, September, pp. 519-530.
Kreeft, Peter (1995), "Human Personhood
Begins at Conception", Castello Institute Medical
Ethics Policy Monograph, Castello Institute of Stafford, Virginia.
Libertyencuesta
(1998), revista Liberty, febrero.
Simon, Julian (1996), The Ultimate
Resource 2, Princeton, NJ: Princeton University Press.